jueves, 10 de diciembre de 2009

Cambiar los hábitos, la clave para "salvar" a los niños de la obesidad

De un tiempo a esta parte, se habla de la obesidad como una epidemia. Y lo cierto es que no es de esas enfermedades que se contagian por contacto físico, o porque alguien estornude al lado nuestro, o por no lavarse correctamente las manos. No. La obesidad se transmite de generación en generación junto con los malos hábitos alimenticios y el sedentarismo.

Así es que la doctora Ana Jufe (MN 74310) definió la obesidad como "una enfermedad que se caracteriza por tener exceso de peso a expensas de exceso de tejido adiposo. Sobre todo es importante la obesidad como enfermedad cuando el exceso de tejido tiene localización abdominal".

El doctor Julio Cukier (MN 33127) detalló a Infobae.com que en una consulta clínica es posible detectar "si hay alguna predisposición genética o causa orgánica en el niño" que tienda a la enfermedad, al tiempo que remarcó que "la obesidad en sí misma produce alteraciones clínicas y de laboratorio que se deben evaluar". "Una de ellas es la resistencia a la insulina que padecen los niños con sobrepeso, cuyos niveles de insulina son altos debido a su alta ingesta de hidratos de carbono", ejemplificó.

Jufe explicó que "hay diferentes métodos para cuantificar la obesidad". "En niños se usa el Índice de Masa Corporal (IMC) persentilado, esto es hacer peso (en kilos) dividido altura (en centímetros) al cuadrado", detalló y agregó: "Eso da un número que se ubica en una tabla y se considera sobrepeso, por ejemplo en varones, cuando el IMC en esa tabla da entre 85 y 95, y obesidad cuando da mayor de 95; lo ideal es 50".

Según ella, hay que diferenciar obesidad secundaria y otras enfermedades, que son muy infrecuentes (entre el 1 y2% de los casos), como la causada por el exceso de corticoides o hipotiroidismo, del resto, que es "la obesidad común o no definida".

Este último tipo "tiene muchas veces una base genética, pero eso es cada vez menos porque lo que hay en la actualidad es una epidemia de obesidad, que en los niños tiene como causante un desbalance entre el gasto energético y el ingreso energético. Se comen más calorías de las que se gastan. Y eso tiene que ver con mala alimentación rica en grasas e hidratos y sedentarismo".

El pediatra contó que la edad en la que aparece la necesidad de consultar por exceso de peso en los niños es a partir de los 10, 11, 12 años y en la adolescencia. "Esto es porque se sienten discriminados, lo que genera que se sientan mal, eso les causa ansiedad y por ende comen más", aseguró.

A lo que agregó que "los padres tampoco conocen los mecanismos para controlar el aporte calórico; desconocen qué pueden cocinar o cómo hacer para que el chico coma cosas de menor valor calórico".

Cómo tratarlos
Los profesionales dirigen el Centro de Obesidad Infantil y Adolescente, donde, en grupos y guiados por un equipo interdisciplinario, apuntan a lograr un cambio de hábito en niños y adolescentes con exceso de peso, para evitar que se conviertan en futuros obesos.

La médica nutricionista explicó que "la intención es abocar a ese niño/adolescente en un grupo de pares con características similares". Y detalló: "Después de una entrevista con la nutricionista y una vez logrado el diagnóstico, les entregamos un plan de alimentación con asesoramiento a los padres, que se adecua a las actividades del chico y varía según los resultados que vamos viendo".

Así, en reuniones grupales semanales les controlan el peso y, mediante charlas, se interiorizan acerca de cómo transcurrió la semana: "Qué les salió, qué no (de las pautas dadas) y nos anticipamos a los días por venir, por ejemplo, si el 'problema' estuvo en que se tentaron en el recreo les damos técnicas para resolverlo", contó Jufe, para quien "el beneficio de trabajar en grupo está en que ven que no están solos y que a otros les pasa lo mismo".

Asimismo, el centro cuenta con una "mini" sala de gimnasia, donde al menos una vez por semana, cada chico toma una clase de actividad física con un profesor de educación física especializado.

"También les proponemos que la ingesta que les toque antes o después de la actividad del grupo la hagan acá (en el centro) para que podamos corregirles opciones de comida, ya sea el almuerzo o la merienda", dijo Jufe.

El tratamiento incluye, en los casos que así lo requieran, apoyo psicológico, si los profesionales detectan que hay alguna situación concomitante al peso -como ansiedad generalizada, o crisis familiar por algún otro tema.

El objetivo: cambiar hábitos
Consultado acerca de cómo logran que un niño o adolescente no "caiga" en las innumerables tentaciones de dulces que los acechan a diario, el doctor Cukier destacó que "las tentaciones van a existir siempre, pero la idea es que el chico tome conciencia y que los padres organicen una alimentación diferente".

"Antes el factor genético tenía más relevancia a la hora de hablar de obesidad, pero hoy se sabe que cuanto uno antes empiece a cambiar los hábitos de alimentación, menores serán la frecuencia de obesidad y los riesgos", consideró el profesional.

Así es que -según el pediatra- "si uno deja evolucionar los malos hábitos, un gran porcentaje de chicos con sobrepeso termina siendo obeso".

Cukier destacó que el tratamiento "no es rápido".

"Hay quienes hacen que un chico baje 10 kilos en dos meses y eso no sirve, además de que está demostrado que el aporte calórico muy bajo ocasiona males por sí mismo, si no se modifican hábitos, nada se logrará a largo plazo", subrayó el médico, quien destacó: "Nosotros tenemos un objetivo final, pero preferimos que el chico tome conciencia progresivamente y eso es más frecuente de lo que uno cree; los chicos cuando ven resultados se entusiasman con el proceso".

Así y todo, son inevitables los altibajos. "Una cosa muy frecuente es que se desilusionen si suben un poco de peso", remarcó Cukier, para quien, dado que el tratamiento "no es lineal", lo ideal es explicarles desde el comienzo las reglas: "Decirles que van a bajar despacio, que van a tener menos hambre, que hagan colaciones de poco aporte calórico, pero nunca le sacamos la comida, no hay nada que esté prohibido".

Básicamente, esto se debe a que los menores se encuentran en pleno proceso de desarrollo por lo que "la idea es no desnutrirlos porque si no el crecimiento es menor. El objetivo es reducir volumen y cantidades de porciones".

"Nuestro trabajo tiene que ver con algo que es progresivo, que no busca generar otra enfermedad que tiene que ver con el aporte calórico muy bajo. Hay pruebas que demuestran que un aporte calórico de un adulto de 650 calorías genera un descenso de peso brusco pero después se estabiliza porque el organismo se acostumbra a ahorrar calorías y, además, se pueden enfermar. Con los chicos pasa algo igual, con el aditamento de que esto es intolerable porque el período de crecimiento se pierde", recalcó.

En ese sentido, la doctora Jufe explicó que "el cambio de hábito requiere tiempo y repetición de la enseñanza, como todo aprendizaje".

"El chico tiene que sentir que puede venir aunque haya comido mal esa semana y uno le va a dar nuevas técnicas para que trate de controlarse, para pensar en los beneficios de no comer eso que quiere", dijo.

Cukier puntualizó que la primera parte del tratamiento "es de mucha cotidianeidad": incluye llamados telefónicos, mail y hasta sms, en los que los chicos consultan si se tientan con algo y los médicos les indican por qué pueden cambiarlo.

"Una vez que llegan al objetivo vienen cada 15 días, un mes, tres meses. Cada vez se aleja más el tiempo de venir porque a medida que pasa el tiempo tienen más control de la situación", aseguró el profesional, quien explicó esto en el hecho de que "el sobrepeso es adictivo. Si se comen hidratos de carbono, cada vez se quieren más, pero si uno consigue que durante un tiempo la cantidad de hidratos sea menor, el chico tendrá menos hambre y ellos se dan cuenta de eso".

Si bien -en palabras de Cukier- el objetivo del trabajo es lento, llega el momento de la cura. "Las enfermedades, si no se curan, se repiten permanentemente", aseguró.

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