miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿Alimentos maravillosos?

Fuente: La Jornada / EIU
Traducción de texto: Jorge Anaya

Los estantes de los supermercados están repletos de yogures probióticos que supuestamente alivian la constipación y alejan las infecciones; sustitutos de mantequilla que según sus fabricantes reducen el colesterol; extractos de tomate de los que se afirma que mantienen un cutis juvenil y protegen del cáncer; cereales para bebé adicionados con micronutrientes esenciales para el desarrollo, y así por el estilo.

Las empresas de alimentos han dado en proclamar los supuestos beneficios de salud y nutricionales de sus productos por obvias razones: esos productos atraen tanto a compradores preocupados por la salud como a personas conscientes de que su alimentación no es sana, pero que tienen la esperanza de que unas vitaminas por aquí y unos probióticos por allá ayuden a compensar la chatarra.

Lo mejor de todo, desde el punto de vista de las compañías, es que estos alimentos funcionales, que borran la frontera entre alimentos y fármacos, cumplen la promesa de márgenes de utilidad más altos y crecimiento más rápido. Por ejemplo, en Europa occidental las ventas de alimentos funcionales crecieron 10.2% anual entre 2004 y 2007, en tanto las de alimentos empacados crecieron 6.3%.

Todo esto ha atraído la atención de organismos reguladores en ambos lados del Atlántico. Les preocupa que algunas de esas afirmaciones sobre beneficios a la salud induzcan a confusión o no estén apoyadas en hechos, y por eso endurecen las reglas. El 20 de octubre, la Administración de Alimentos y Fármacos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) dio a conocer que haría más estrictas las reglas sobre las leyendas en las etiquetas de alimentos y emitiría nuevas normas a principios de 2010. Ya ha amonestado a General Mills, fabricante del conocido cereal de desayuno Cheerios, por asegurar que está clínicamente probado que reduce el colesterol.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria también se pone más severa: ha ordenado a las empresas que sustenten con estudios científicos sus afirmaciones sobre beneficios nutricionales y de salud. Cientos de solicitudes sometidas a su comité científico han sido rechazadas. Por ejemplo, se ha concluido que no hay suficiente evidencia para sostener que el brezo ayuda a dormir, que el cacao seco contribuye a bajar de peso, que la quinoa hace crecer el cabello y que la alcachofa de Jerusalén sana el intestino.

Muchos en la industria consideran excesivas estas reglas, pues la mayoría de sus productos son perfectamente seguros y algunas de las aseveraciones sobre sus cualidades se remontan a varias décadas atrás. Exigir costosos estudios para justificarlas, sostienen, desalentará la innovación y afectará a las empresas más pequeñas, que no podrán sufragarlos. Sostienen que las firmas que encontraron provecho en añadir hierro, yodo, zinc y vitaminas a sus productos, o en reducir los niveles de jarabe de maíz de alta fructosa o grasa saturada, son dignas de elogio, no de censura. Muchas marcas de alimentos comenzaron como un medio de fortalecer la confianza de los consumidores. El deseo de defender sus marcas da a muchas empresas un fuerte incentivo para garantizar que sus productos sean seguros.

Pero ahora las empresas ya no sólo sostienen que sus productos son seguros, sino que proporcionan beneficios específicos. El consumidor común no tiene forma de saber si sus aseveraciones tienen validez científica, así que hay razones para someterlas a escrutinio. Y aun si es difícil imaginar que alguien resulte dañado, digamos, por comer demasiado cereal de desayuno o yogur, sí hay riesgo de daño si las aseveraciones sobre cualidades llevan a las personas a sustituir con alimentos funcionales medicamentos o estilos de vida que probablemente les hagan falta. Unas cuantas raciones de vegetales hacen más bien que cualquier yogur probiótico.

Una lección de la industria farmacéutica es que los estudios financiados por las empresas tienen clara tendencia a producir resultados que complacen a sus patrocinadores. Así pues, se debe obligar a las compañías de alimentos a registrar todos los estudios y a publicar incluso los resultados desfavorables. También es importante contar con lineamientos claros en lo relativo a etiquetas. Hay que dar crédito a la FDA por haber propuesto normas que obligarán a las empresas a publicar todos los componentes esenciales de sus productos en el frente de sus paquetes, en vez de escoger los saludables y callar sobre grasas, sales y azúcares.

El alegato de la industria de que aumentar el escrutinio acabará con la innovación es erróneo. Las firmas que hagan aseveraciones engañosas sufrirán; las que estén preparadas a invertir en estudios científicos apropiados se beneficiarán. Entre las farmacéuticas, las firmas pequeñas parecen más innovadoras que las grandes. Si las empresas de alimentos quieren hacer sobre sus productos promesas semejantes a las de las farmacéuticas, deben estar dispuestas a someterse a un escrutinio similar. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.

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